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Rosa misionera

Me desperté en la mañana, y al abrir los ojos, le presté atención a una rosa que estaba en mi escritorio, como una ofrenda a la Virgen de Guadalupe. Le dije a esta rosa: ya que estás junto a la Virgen de Guadalupe, madre de Dios, quizá sepas algo de Dios. ¿Me puedes hablar de Él?

Ella muy contenta me contestó: ¡claro que te quiero hablar de Dios, puesto que soy una rosa misionera!

una rosa misionera

¿Una rosa misionera? Le pregunté.

Si, una rosa misionera. Mira, yo crecí en tu jardín. Desde el balcón de tu recamara has podido ver como el rosal que le compraste a tu esposa ha crecido y se llena de repente de rosas. Pero hasta ahí. Cuando la Señora Imelda me tomó para ponerme en un florero en tu escritorio, es cuando me viste de cerca, cuando notaste como abrían todos mis pétalos y cuando disfrutaste de mi rico olor de flor. Desde el balcón de tu recamara veías algo de mi belleza, pero cuando salí del jardín hacía ti, entonces realmente me conociste.

Algo parecido es con Dios. Lo vemos de lejos, vemos algo de su hermosura, de sus regalos. Pero cuando hay gente decidida que lleva consigo a Dios hacia los demás, es cuando pueden realmente conocerlo, amarlo, olerlo. Los cristianos son esas rosas misioneras que Dios prepara para llevar el perfume de Cristo a todo el mundo, para hacerlo más bello.

Todos los bautizados son rosas en botón, listas para llevar a Dios a donde quiera que vayan. Pero muchas de estas rosas, por diferentes razones, deciden quedarse como botones, deciden no abrir. Pero las que deciden con firmeza florecer, ¡Que hermoso florecen! Son esas rosas que maravillan a Cristo cuando dice que ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas.

Dios prepara cada día para que florezcas, para que luzcas, para que engalanes tu casa, tu comunidad, para que embellezcas tu entorno. Pero tú decides si quieres abrirte a los demás y florecer o quedarte abrazándote a ti mismo como un botón.

Gracias le dije a la rosa, por tan bonito mensaje. Realmente has sido una rosa misionera. ¡Gloria a Dios!

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Pláticas con Dios
Don Juan Zarlene


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